
Los filósofos suelen hablar de la voluntad como si ella fuera la cosa más conocida del mundo; es más, Schopenhauer dio a entender que sólo la voluntad nos sería propiamente conocida, conocida de veras y por entero, conocida sin sustracción ni añadidura. Pero abrigo el parecer de que Schopenhauer, también en este caso, no hizo más que lo que los filósofos precisamente suelen hacer: adoptó y exageró un prejuicio popular. Querer me parece a mí ante todo algo complicado, algo que sólo como palabra es una unidad, -y justo en la palabra una se esconde el prejuicio popular, el cual se ha adueñado de la siempre sólo escasa cautela de los filósofos. Seamos, pues, por una vez, más cautos, seamos «antifilosóficos» -, digamos: en todo querer hay primero una pluralidad de sentimientos, a saber, el sentimiento del estado de donde nos alejamos, el sentimiento del estado a donde tendemos, el sentimiento de este «alejarse» y de este «tender» mismos, luego, además, un sentimiento muscular acompañante, el cual, aunque no pongamos en movimiento «brazos y piernas», inicia su juego, en cuanto «queremos», mediante una especie de hábito. Así pues, al igual que hay que reconocer el sentir, y un sentir múltiple, como ingrediente de la voluntad, así también, en segundo lugar, el pensar: en todo acto de la voluntad hay un pensamiento que manda – ¡y no se crea que se puede separar este pensamiento del «querer», como si entonces todavía restase la voluntad! En tercer lugar, la voluntad no es sólo un complejo de sentir y pensar, sino ante todo, además, un afecto: a saber, ese afecto del mando. Lo que se llama «libertad de la voluntad» es esencialmente el afecto de supremacía con respecto a quien tiene que obedecer: «yo soy libre, él tiene que obedecer» – esta con ciencia se esconde en toda voluntad, y asimismo aquella tensión de la atención, aquella mirada derecha fijada exclusivamente en una sola cosa, aquella incondicional valoración «ahora se necesita esto y no otra cosa», aquella interna certidumbre de que se obedecerá, y todo lo que además pertenece al estado del que manda. Un hombre que quiere – manda a algo en él, algo que obedece O de lo cual él cree que obedece. Ahora, empero, nótese qué es lo más portentoso en la voluntad -en esa cosa tan múltiple, para designar la cual el pueblo sólo tiene una única palabra: en la medida en que, en el caso dado, somos a un tiempo los que mandan y los que obedecen, y que, en calidad de Obedientes, conocemos los sentimientos de coaccionar, urgir, presionar, resistir, mover, los cuales suelen comenzar inmediatamente después del acto de la voluntad; en la medida en que, por otro lado, tenemos el hábito de no tomar en cuenta esa dualidad, de engañarnos superándola gracias al concepto sintético «yo», se ha adherido además al querer toda una cadena de conclusiones erróneas y, en consecuencia, de valoraciones falsas de la voluntad misma -de manera que el volente cree de buena fe que el querer basta para la acción. Y porque en la inmensa mayoría de los casos sólo se ha querido cuando era dable esperar también el efecto del mandato, esto es, la obediencia, esto es, la acción, por eso sucede que la apariencia se ha traducido en el sentimiento de que habría ahí una necesidad del efecto; en suma, el volente cree, con un considerable grado de seguridad, que voluntad y acción son de algún modo una sola cosa -, atribuye el éxito, la ejecución del querer, todavía a la voluntad misma y disfruta con ello de un aumento de ese sentimiento de poder que todo éxito comporta. «Libertad de la voluntad» -tal es la expresión para designar ese múltiple estado placentero del volente, el cual manda y a un tiempo se identifica con el ejecutor – quien, en cuanto tal, disfruta también el triunfo sobre las resistencias, pero juzgando en su interior que es su voluntad misma la que en realidad vence las resistencias. A su sentimiento placentero de ser el que manda añade así el volente los sentimientos placenteros de los instrumentos que ejecutan, que tienen éxito, de las serviciales «subvoluntades» o sub-almas – y es que nuestro cuerpo no es más que una construcción social de muchas almas -. L’effet c’est moi: ocurre aquí lo que ocurre en toda comunidad bien construida y feliz, que la clase gobernante se identifica con los éxitos de la comunidad. Todo querer consiste sencillamente en mandar y obedecer, sobre la base, como queda dicho, de una construcción social de muchas «a1mas»: por ello un filósofo debería arrogarse el derecho de comprender ya el querer en sí dentro del horizonte de la moral: a saber, de la moral entendida como doc trina de las relaciones de dominio bajo las cuales surge el fenómeno «Vida».
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