
La esquizofrenia tiene sus paraísos, del mismo modo que sus infiernos y sus purgatorios, y recuerdo lo que un viejo amigo, muerto años ya, me dijo acerca de su mujer loca. Un día, en las primeras fases de la enfermedad, cuando la desgraciada tenía todavía intervalos lucidos, mi amigo había ido al hospital para hablarle de los hijos. Ella lo escuchó un rato, pero lo interrumpió de golpe ¿cómo podía perder el tiempo hablando de un par de chiquillos ausentes, cuando todo lo que realmente importaba, aquí y ahora, era la indescriptible belleza de los dibujos que formaba, en su chaqueta de mezclilla de color castaño, cada vez que movía los brazos? Pero, ay, no iba a durar este paraíso de percepción purificada, de contemplación unilateral sin mácula. Las bienaventuradas treguas se hicieron cada vez más raras y breves, hasta que finalmente desaparecieron y sólo quedó el horror.
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