
Ahora bien, hay vidas en las que las dificultades se acrecientan hasta lo tremendo, las vidas de los filósofos; y es preciso escuchar atentamente cuando se cuenta algo de esto, pues aquí uno se entera de algo que atañe a posibilidades de la vida, cuya sola noticia trae dicha y fuerza, derramando luz sobre la vida de los que vienen después; aquí todo es tan inventivo, tan meditado, tan temerario y desesperado, a par que pleno de esperanza, como por caso los viajes de los más grandes navegantes; y en verdad trátase también de algo de la misma especie, de circunnavegar los más apartados y peligrosos ámbitos de la vida. Lo sorprendente de tales vidas reside en que dos impulsos hostiles, que empujan en direcciones distintas, son aquí forzados a marchar en cierto modo bajo un único yugo; el impulso que quiere el conocimiento tiene una y otra vez que abandonar el suelo sobre el que vive el hombre y aventurarse en lo incierto, mientras que el otro, que quiere la vida, tiene una y otra vez que moverse a tientas hasta un sitio más O menos seguro en el que quepa tenerse. […]
Por este motivo, no me canso de proponer a mi alma una serie de pensadores, de los cuales cada uno singularmente porta en sí aquella incomprensibilidad y tiene que despertar aquel asombro en lo que toca a la manera precisa en que encontrara su posibilidad de vida: a saber, los pensadores que vivieron en el tiempo más vigoroso y más fecundo de Grecia, en el siglo anterior a las guerras médicas y en el transcurso de éstas: pues que estos pensadores descubrieron incluso bellas posibilidades de la vida; y a mi parecer olvidaron los griegos que vinieron después lo mejor de ello: ¿y qué pueblo podría decir hasta ahora haberlas descubierto de nuevo? […]
La tarea que ha de cumplir el filósofo en el seno de una Cultura verdadera cuya índole es conforme a un estilo unitario no puede, desde nuestras circunstancias y vivencias, ser adivinada sin más, porque nosotros no poseemos tal Cultura. Al contrario, sólo una Cultura como fue la griega puede responder a la pregunta por esa tarea del filósofo; sólo una Cultura así puede, como he dicho, legitimar la filosofía en general, porque sólo ella sabe y puede demostrar por qué y cómo el filósofo no es un caminante cualquiera que, por casualidad, anda errando tan pronto por un sitio como por otro. Hay una férrea necesidad que encadena al filósofo a una verdadera Cultura; pero ¿qué ocurre cuando esa Cultura no existe? Entonces el filósofo es un cometa imprevisible, que por ello infunde temor, mientras que en caso favorable luce como un astro principal en el sistema solar de la Cultura. Los griegos legitiman al filósofo porque sólo entre ellos no es un cometa.
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