El filósofo intempestivo
Aquí, empero, vivimos las consecuencias de esa doctrina recientemente predicada desde todos los tejados de que el Estado es la meta suprema de la humanidad, y que para un hombre no hay deberes más altos que servir al Estado: en donde no reconozco yo una recaída en el paganismo, sino en la necedad. Puede ser que un hombre así, que ve en el servicio al Estado su más alto deber, no conozca realmente deberes más altos; pero por eso hay más allá, con todo, otros hombres y otros deberes y uno de estos deberes, que al menos para mí cuenta más que el servicio al Estado, manda destruir la necedad en cualquiera de sus formas, por ende, también esa necedad. Por eso me ocupo aquí con una especie de hombres cuya teleología señala algo más allá del bienestar de un Estado, con los filósofos, y con éstos sólo en lo que toca a un mundo que, a su vez, es bastante independiente del bienestar del Estado: la Cultura. De los muchos anillos que, en una mutua ligazón sin orden ni concierto, constituyen la comunidad humana, algunos son de oro y otros de tumbaga.
Ahora bien, ¿cómo considera el filósofo la Cultura en nuestro tiempo? Desde luego que de modo muy distinto a esos catedráticos de filosofía contentos en su Estado. Casi le pasa como si estuviera percibiendo los síntomas de un completo exterminio y desarraigo de la Cultura, cuando piensa en esa universal prisa y en esa creciente velocidad de caída, en el cese de toda sosegada contemplación y simplicidad. Las aguas de la religión ya no fluyen y dejan tras de sí pantanos O estanques; las naciones se dividen de nuevo con inusitada hostilidad ansiando despedazarse. Las ciencias, cultivadas sin ninguna medida y en la más ciega especie de laisser faire, destrozan y disuelven toda creencia firme; los estamentos y los Estados cultivados son arrastrados por una economía financiera grandiosamente displicente. Nunca fue el mundo más mundo, nunca fue tan pobre en amor y bondad. Los estamentos cultos han dejado de ser faros o asilos en medio de toda esa mundanal inquietud; ellos mismos devienen cada día más inquietos, más carentes de ideas y de amor. Todo sirve a la barbarie venidera, el arte y la ciencia factuales inclusive. El hombre cultivado ha degenerado hasta convertirse en el mayor enemigo de la cultura, pues que pretende- escamotear mendosamente la universal enfermedad y es un obstáculo para los médicos. Esos pobres bribones exhaustos se exasperan cuando uno habla de su debilidad y combate su nocivo espíritu mendaz. Muy gustosamente quisieran hacernos creer que son ellos quienes se habrían llevado la palma superando a todos los siglos, y se agitan con artificioso regocijo. […] Pero, por si fuera parcial el hecho de destacar solamente la debilidad de las líneas y el apagamiento de los colores en el cuadro de la vida moderna, la segunda parte en cualquier caso no es en nada más grata, sino tanto más inquietante. Hay ahí de cierto fuerzas, fuerzas tremendas, pero salvajes, primigenias y absolutamente despiadadas. Se las mira con desasosegada espera, como si se mirara dentro del caldero en la cocina de una hechicera: en cualquier instante pueden ahí saltar chispas y centellas, anunciando terribles apariciones. Desde hace un siglo no estamos preparados más que para conmociones fundamentales; y si recientemente se intenta contraponer la fuerza constitutiva del llamado listado nacional a esta profundísima tendencia moderna a desmoronarse o a estallar, sin embargo, aquél no será por mucho tiempo otra cosa que el aumento de la inseguridad y la intemperie universales. No nos engaña el hecho de que los individuos particulares se comporten como si no supieran nada de todos estos temores: su inquietud revela cuánto saben acerca de ellos; piensan en sí mismos con tamañas precipitación y exclusividad como nunca antes habían pensado en sí mismos los hombres, construyen y plantan para su día de hoy, y la caza de la felicidad nunca será mayor que cuando hay que atraparla entre hoy y mañana: porque pasado mañana acaso toque a su ¿n cualquier temporada de caza. Vivimos el período de los átomos, del caos atómico.

Créditos
 • Friedrich Nietzsche •
 • Schopenhauer como educador •
 • Consideraciones intempestivas •
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