Diónisos y Ariadna: su complementariedad
¡Ah, ah!
¿Y me martirizas, necio,
mortificas mi orgullo?
Dame amor -¿quién me calienta todavía?
¿quién me ama todavía?
Dame cálidas manos,
dame un brasero para el corazón,
dame, a mí, la más solitaria,
a quien el hielo, ¡ay!, séptuplo hielo
por enemigos incluso,
por enemigos a suspirar enseña,
dame, sí, date,
muy cruel enemigo,
a mí- ¡a ti!…
¡Partió!
¡Helo huido,
mi único compañero,
mi grande enemigo,
mi desconocido,
mi dios-verdugo!…
¡No!
¡vuelve!
¡Con todos tus martirios!
Todas mis lágrimas corren
hacia ti su curso
y la última llama de mi corazón
para ti se enciende.
¡Oh, vuelve,
mi dios desconocido, mi dolor,
mi última felicidad!…
(Un rayo. Diónisos se hace visible en una belleza esmeralda.)

Diónisos

¡Sé cuerda, Ariadna!…
Tienes orejas pequeñas, tienes mis orejas:
¡mete una palabra cuerda en ellas! –
¿No es necesario odiarse primero cuando hay que amarse?
Yo soy tu laberinto…

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Créditos
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