La pintura fue mi primera pasión, desde la niñez, cuando aún no sabía leer ni escribir. Pero al comenzar el colegio secundario, ya en la adolescencia, empecé a describir, torpemente, pesadillas y alucinaciones que sufrí en aquel período desdichado. Felizmente las destruía cuando tuve más conciencia.

Palabras justificativas
Sea como haya sido, en mi contradictoria y tumultuosa existencia, la literatura se fue imponiendo porque mis crisis espirituales, psicológicas y políticas exigían ya palabras e ideas aunque fueran ideas encarnadas en violentas pasiones.
Sin embargo, durante el casi medio siglo que dediqué a los libros. Siempre sentía la dolorosa nostalgia por aquella primera vocación, y no podía entrar al taller de un amigo sin empezar a sentir una penetrante tristeza: bastaba el olor a la trementina. Ese sentimiento se acentuó en París, antes de la segunda guerra, cuando trabajaba en el Laboratorio Curie e iba a reunirme con los surrealistas, como si una buena y honesta ama de casa se entregara de noche a la prostitución.
Fue cuando me vinculé con Wifredo Lam, Matta, Tristan Tzara y el propio Breton. Pero, sobre todo, con Oscar Domínguez poco después del terrible suceso con el rumano Victor Brauner, cuando Oscar en su taller, completamente borracho y enfurecido, lanzó un vaso roto contra uno de los que estaban. Este se apartó a tiempo y el vaso dio contra Brauner, arrancándole un ojo. Este extraño hecho tuvo enorme repercusión en el movimiento surrealista, porque unos diez años antes, Brauner había pintado un autorretrato con un ojo arrancado o vaciado por una especie de flecha en la que estaba colgada una D mayúscula. Hubo muchos trabajos e interpretacio- nes, incluyendo y sobre todo a “Minotaure”, la revista que dirigía Bretón que era una especie de papa, que producía bulas y excomuniones.
Dadas las características nocturnas del movimiento, la separación de Domínguez era tan disparatada como si fuese promovida por un Comité de Buenas Costumbres en el infierno. Mi amistad con Oscar se hizo más estrecha a raíz de eso mismo, porque lo sentí como desarado, y terminé confesándole mi pasión por las cositas que dibujaba con carbonilla. Era muy exagerado, casi loco, y me dijo al verlas que debía abandonar esas “pavadas”, que estaba haciendo en el laboratorio para ponerme a pintar; y para obligarme, me regaló una vieja caja de pintura, con algunos pomos y pinceles, enseñándome como preparar el diluyente.
La ciencia físico-matemática había sido para mi un acompañante de viaje, o más bien como un paraíso artificial, cuando sufrí mi gran desilusión con el stalinismo: de modo que seguía escribiendo apasionadamente, como en mi adolescencia, y en aquel entonces en una novela que titulaba “La fuente muda”, obra que más tarde quemé, como acostumbraba con la mayor parte de lo que hacía.
Cuando llegó la guerra, volví a la Argentina y en ratos libres hice un par de naturalezas muertas y una copia del autorretrato de Van Gogh, con la oreja vendada que regalé a unos amigos y que, vanamente, muchos años después, pedí que me las de volvieran para quemarlas. No quisieron y lamento en el alma que anden por ahí. Cuando en 1943 abandoné definitivamente la física-matemática, el profesor Houssay, premio Nobel de Fisiología, que me había dado la beca para investigar en el laboratorio Curie, me retiró el saludo para siempre, diciéndome que “abandonaba la ciencia por el charlatanismo”, tal es el puritanismo científico.
Como abandoné mi cátedra, sin dinero, nos fuimos a vivir, con Matilde y mi hijo de cuatro años, a una de esas chozas que en mi país se denominan “ranchos” en medio de la sierra de Córdoba, lejos de toda civilización ganando algunos pesos con traducciones. Así, durante un año escribí “Uno y el universo” el primer libro que me atreví; a publicar, en 1945, que, inesperadamente, obtuvo el primer premio de prosa que cada año da el municipio de Buenos Aires.
Volvimos a la ciudad, y, mientras seguía traduciendo y dando clases particulares, escribía relatos que luego guardaba o quemaba.
Hasta que en 1948 publiqué “El Túnel” mi primera novela, que Camus, lector de español en Gallimard, hizo publicar en esa casa con un apasionado informe. Así; siguieron las cosas hasta que en 1961, después de trabajar años terminé “Sobre héroes y tumbas”, y cuando decidí quemarla, Matilde se enfermo por mi decisión y por cariño a ella la publiqué. Así, con toda clase de irregularidades, porque nunca me consideré un escritor profesional, publiqué “Abaddón el exterminador” mi tercera y última novela. En 1979 un oculista me detectó una enfermedad irreversible en los ojos, que podía llevarme a la ceguera si seguía leyendo y escribiendo, excepto en dosis que el llamó “homeopáticas”. Se quedó perplejo al no advertir en mi cara la expresión del desastre. “Yo sé por qué”, me límite a comentarle, mientras pensaba que desde ese momento podría pintar sin la sensación de estar perdiendo el tiempo que me exigía la pintura.
En algún libro escribí que uno lucha contra el destino y a menudo, finalmente, el destino tenía razón. Porque esa enfermedad, que no me impedía lo que la pequeña letra hacía imposible, me permitió dedicar esta última etapa de mi vida a lo que de chiquitín me había misteriosamente subyugado, quizá porque permite revelar el mundo misterioso de la inconsciencia, más profunda y verdaderamente que la literatura. De otro modo habría muerto con una enorme frustración.
Como me sucedió con la literatura, mi espíritu autodestructivo me llevó a liquidar la mayor parte de lo que elaboré. Y en la primera muestra que hice en el Petit Foyer del Centre Pompidou en 1989, presenté poco más de diez cuadros arrastrado por amigos y “connaisseurs”, que habían visto las transparencias. Y ahora, también arrastrado por amigos españoles, me atrevo a mostrar lo que he hecho en estos últimos años que se distingue del período anterior en que abandono toda referencia al mundo natural, aunque se encuentren algu nas frutas, que es lo más natural que existe, pero que en rigor son tan poco naturales como las otras visiones de mi inconsciencia.
Por lo cual quise calificar estas obras de “sobrenaturalistas”, palabra ya inventada por Apollinaire, en mi opinión más justa que “surrealista”, ya que la palabra “realidad”, es quizá la más polivalente que hay en filosofía, donde cada filósofo le da un significado diferente. Mis propulsores saben cuantos escrúpulos tuve en presentar esta pequeña colección de “autorretratos” en esta tierra que es una de las tres o cuatro que más y mayores portentos dio a las artes plásticas.
Crediti
    —  ABC Cultural número 22
    —  Ernesto Sábato


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