Sí, él estaba allí, sentado sin pensar, viendo sin mirar. Todo era asombroso. Nunca había visto nada igual, es más, jamás había visto nada de eso. Todo era nuevo para Julián; no era capaz de definir cosa alguna porque nada de eso había sido definido ni por él, ni por quienes le habrían enseñado tales conceptos.
La intensidad de la luz hacía que sus pupilas se contrajeran para evitar cualquier daño a las retinas. La luz ultravioleta penetraba en sus ojos y calcaba persistentemente una aureola radiante del objeto en su cavidad interna. Incluso al cerrar los ojos podía darse cuenta muy bien de la luminosidad atrapada por sus ojos.

Había tratado de hacerse una pregunta similar a ésta, excluyendo el concepto de su utilidad. Sentado y sin mirar, tenía sólo la percepción de las cosas que podía ver gracias a la inundación de la luz que, especialmente por las mañanas, podía captar su gran fuerza.
¿Pero para qué sirve todo esto? Continuaba haciéndose esta pregunta. ¿Para qué sirve preguntar? ¿Para qué sirve preguntarse? Y, una vez que obtenemos las respuestas, ¿las podemos negociar? ¿Serviría, quizás, para intercambiarse tizones ardientes y encender la llama de Prometeo en alguna caverna?
Todo tenía una razón de ser para Julián. Si existe, su presencia tiene un motivo. Pero él no tenía claro para qué existe. No le interesaba pensar en las cosas que no tienen sentido inmediato. Su cerebro nunca había pensado, no estaba acostumbrado a pensar. Una vocal era algo extraño y antinatural; su existencia estaba orientada a percibir las sensaciones como la brisa tibia del viento suave, la humedad de la neblina, la mojada y fría lluvia, el calor intenso del mediodía y las gotas de sudor que producía su delgado cuerpo. Era como en este momento que había escogido sentarse sobre una enorme piedra, lejos de cualquier arbusto que pudiera protegerlo del calor, cuando se hace fuerte y empieza a sentir hambre.

Se había sentado allí, sobre aquella gran roca porque quería experimentar, en medio de aquella pradera, la sensación de estar en las alturas, de ver más allá de lo que normalmente veía cuando estaba de pié. Se sentía diferente, se sentía superior a sí mismo. Aunque estuviese sentado sobre aquella piedra gris, comenzaba a recalentarse por la acción del astro luminoso. Desde allí lograba individuar los más ligeros movimientos de las plantas causados por el viento o por cualquier bestia que se encontraba a su alrededor en asecho de su presa predilecta. Pero la presa, seguramente no era él porque no era comestible, por la razón que, en una ocasión se había resbalado saltando un puente en putrefacción y se había herido en sus articulaciones debido a su estrafalaria precipitación en medio a las espinas de las plantas, que pasándose la lengua sobre la sangre que derramaba, pudo darse cuenta del grado de alcalinidad excesiva, producida por la reacción oxidante de su saliva impregnada de substancias básicas. Esto le hacía sentir un gran ardor en sus papilas.

No, él no podía ser una presa, pero tampoco era un cazador: prefería la contemplación de lo que tenía delante, escrutando sus formas con sus movimientos autónomos o inducidos por el viento; era la imagen de la transparencia, era un anónimo espectador de la evolución de las cosas después del gran desastre que la avaricia de sus semejantes habían producido; era alguien pero al mismo tiempo era nadie, ya que entre todos los seres, él era invisible, insignificante, no hablaba, no pensaba, no tenía deseos o ambiciones, además de tener un gran mal sabor en su piel debido a que secaba sus excreciones sudoríparas revolcándose sobre la seca arcilla roja que se encontraba en la salida de la caverna, donde los murciélagos pasaban gran parte del día durmiendo. Su piel era corácea y el pigmento de la arcilla dibujaba en su cuerpo extraños caracteres jeroglíficos con sombras, siguiendo las formas de sus músculos, de su pecho, de su abdomen; no era una piel común, los bulbos pilíferos ya se habían atrofiado en las generaciones precedentes, sobre todo después de la gran contaminación ambiental producida siempre por negligencias en el reactor de plasma, usado como combustible para el cultivo de víveres que servían a los seres empeñados en la avidez a desproporcionar a los otros seres que los tenían sometidos.
Pero de esto Julián no sabía nada, tampoco porque nunca lo había visto y nadie pudo habérselo contado. No entendía los sonidos onomatopéyicos de los otros bípedos semejantes a él, a los cuales algunas veces lograba avistar estando sentado sobre la gran piedra de la sabana. Emitían sonidos hacia sus semejantes y éstos se disponían en fila india para seguir al orador hacia una meta no muy bien establecida pero con la seguridad de encontrar otras cosas para saquear y llevarlas a la comunidad que habían establecido no muy lejos de donde se encontraban, como en las excavaciones que habían realizado en altos precipicios o en agujeros subterráneos a lo largo de ríos contaminados de azufre que aún brotaban desde los volcanes, o cercanas a la lava demasiado líquida, y para nada quieta, como para considerarla aliada en contra de enemigos mortales. Por la falta de capacidad de juicio, ellos seguían a quien lograra producir tres distintas vocales de emisión gutural sin interrupción y, sobre todo, con una tonalidad que indicaba el sentido de pertenencia a esa comunidad. Se persuadían fácilmente, también porque habían quedado pocas personas que no obstante la bifurcación múltiple de las lenguas, cortadas por las afiladas pajas que muchas veces comían, aún lograban convencer a sus oyentes que la acumulación de los recursos naturales y comestibles era un bien para su comunidad, sin lograr pensar que el saqueo sistemático era fuente de discusiones entre aquellos que llegando al lugar del abastecimiento encontraban sólo los desperdicios dejados por los precedentes colectores-acumuladores. De esto estaban seguros porque el producto de sus necesidades fisiológicas, encontradas sobre la superficie del terreno y que hubieran tenido que enterrarlas como lo hacían el resto de los mamíferos, se asemejaban a los suyos. Solo el olor era algo diferente, más pujante, a lo mejor por el estado avanzado de descomposición; pero su consistencia, una vez en la mano, era similar y en su interior lograban individuar grandes semillas de plantas no conocidas pero de gran sabor.

El acaparamiento compulsivo de estos seres impedía ver la continua generosidad del planeta, dejando al resto de sus habitantes momentáneamente en el hambre. No existían ni la propiedad ni tampoco el trabajo. Después del gran desastre, estas instituciones dejaron de existir: los papeles desaparecieron; los soportes magnéticos para la informática cuántica no podían ser leídos por la falta de electricidad; la cosas, o lo que quedaban de ellas, especialmente los inmuebles, eran nido de avispas y serpientes; las calles, con sus lujosos pasillos hechos con el asfalto, fueron las primeras en desaparecer, ya que el gran calor desprendido desde las entrañas del planeta, con sus sistemáticas erupciones volcánicas en todos los continentes, mantenían la superficie del planeta muy caliente, impidiendo que se conservaran las formas de las carreteras y esto era debido a la fractura que se había producido en la corteza terrestre en el centro de las profundidades del océano Pacifíco a los 15 grados de latitud y -155 de longitud.
La naturaleza se había apropiado de lo que los seres humanos les había substraído. La acción corrosiva del plasma que había conseguido escapar de su contenedor era tan inestable que, al contacto con el cemento de las fabricaciones, en su parte básica, actuaba como catalizador que multiplicaba su presión cristralizando los pequeños orificios, o los poros de las paredes, haciéndoles perder su plasticidad y dando lugar al desmoranamiento de todas las construcciones hechas con cemento; el mármol se pulverizaba al instante; el acero o, el material ferroso con el que eran fabricados estos inmuebles, servían de combustible, generando una tan elevada presión en columnas y pisos, en terrazas y azoteas, que deflagraban dejando a los inertes pulverizados en su radio de acción. Fue así que muchos de ellos dejaron de existir atrapados en sus casas sin ninguna esperanza de salvación o con la certeza de una muerte instantánea.

De todo esto Julián no sabía nada. No era posible que Julián se imaginara nada. Aquello era su pasado. A él lo que le interesaba era estar sentado sobre aquella piedra y aprovechar del astro luminoso para comenzar a sudar en forma continua y poder dirigirse finalmente hacia el lugar donde el polvo de arcilla roja era abundante. La contemplación de aquellos seres similares a él le daba una sensación de pertenencia. Al mismo tiempo, una sensación de fuga por las aptitudes agresivas que en varias ocasiones, observándolos también desde otros lugares, exteriorizaban hacia los mismos integrantes del grupo. Julián no amaba la violencia, no sabía lo que era y para qué servía. Pero esta vez mostraba un signo de interés. Atraído por el gran ruido que hacían que, a veces, cubrían el sonido de la lluvia cuando sus gotas golpeaban las grandes hojas de algunos tubérculos, o también cuando éstas rebotaban sobre su cráneo alopécico con un sonido indistinto que le impedía hacer lo que placenteramente le gustaba hacer, que era la contemplación. El ruido antinatural que producían estos seres lo desconcentraba porque no sabía lo que era, perdiendo la atención para filtrar los sonidos espontáneos de la naturaleza como el del trueno o el del temblor. Ambos eran similares pero, mientras los primeros provenían desde lo más alto, los segundos se originaban desde lo más bajo; se interrogaba si provenían desde la misma fuente o era un efecto ilusorio para confundir las ideas y hacer caer en la trampa a los seres desprovistos de tales nociones; había que entender la dirección del sonido y hacia donde se propagaba. Muchos de ellos, los sobrevivientes, los que habían aprendido la lección, indicaban con gestos hacia dónde era necesario huir, que era la dirección opuesta a la fuente de tales eventos.
Si el sonido provenía desde lo más alto, y esto era como una especie de bendición o mal menor, todos los seres cuyos domicilios estaban ubicados en las cavidades subterráneas, se apresuraban con ansia a subir, o más bien, a escalar los muros verticales de las altas montañas en sus precipicios e identificar cualquier gruta afortunadamente vacía o con pocos integrantes de sus mismas especies. Para muchos, la escalada no era una esperanza de vida; ésta podría significar una muerte segura y poco probablemente menos dolorosa, especialmente cuando se resbalaban y precipitaban desde una altura considerable para convertirse en alimento para las hienas que puntualmente, y en grupo, esperaban esas suculentas y frescas delicias que provenían desde el cielo, ya aplastados, con todos los huesos triturados y por pedazos para facilitar la distribución alimenticia entre ellos; otra forma de morir era, cuando algunos de ellos encontraban alados comedores de carroña llegando a la gruta. En este caso la muerte era dolorosa y lenta, además de ser extremadamente nauseabunda, ya que encontrando a los plumíferos, éstos los empujaban hacia el interior de la gruta donde seres semejantes estaban almacenados con un ya alto grado de descomposición y allí permanecían hasta que dejaran de vivir, hasta formar un todo homogéneo con las otras carnes descompuestas. Esta era la forma de cómo se alimentaban estas aves; ellos estaban desprovistas de las enzimas necesarias para la digestión y también las zarpas o garras; la mutación fue producida en las años de la abundancia, poco después que el astro satelital fuera golpeada haciéndola cambiar de órbita y donde todos los seres vivientes, desde los vegetales hasta los animales que se habían desarrollado bajo la gravedad de este astro, en uno o en otro modo, tuvieron que adaptarse a la nueva situación y, no eran los más fuertes los que sobrevivían, no los más robustos, no las tallas grandes y tampoco entre los humanos que habían acumulado mayor riqueza; esta fuente permanente de recursos alimenticios y sucesivamente radioactivos, permitía a los sobrevivientes no cazar para satisfacer el hambre y alimentarse fundamentalmente de carnes descompuestas ricas de proteínas. Pero esto era ya historia antigua y de esto ninguno sabía nada, Julián ni siquiera se lo imaginaba. No existían documentos, era casi imposible descifrar los caracteres alfabéticos grabados en trozos de fibra de carbono con los cuales esporádicamente se tropezaban y con asombro veían que eran objetos artificiales, fuera de la concepción y fabricación de todos los seres vivientes, considerándolos como obra de algún mal oscuro, una trampa o de proveniencia celestial, como caído de las nubes.

Si, en cambio, la fuente precursora provenía desde lo más bajo, entonces la decimación de los seres vivientes era casi total, especialmente en el radio del epicentro y según su magnitud. El único lugar posible para sobrevivir era en los aires pero no en todas las alturas por la presencia masiva del anhídrido carbónico y sulfatos en suspensión que inhalándola primero producía una cierta irritación para caer, después, en el letargo inducido que irremediablemente los hacía precipitar. Los temblores eran fuertes para los seres vivientes pero no para el planeta ya que debía consolidar los nuevos pesos y las nuevas medidas hasta permitir estabilizar la nueva rotación, más lenta, y la nueva inclinación, menos pronunciada. Cuando desde las entrañas del planeta se producía un gran sonido, se asemejaba mucho a las piedras del dominó cuando se barajean, un sonido que precede a la nueva partida, un evento lleno de alegría, lleno de esperanzas con la ambición de ganar la nueva partida que está por iniciar, en la recomposición o disposición de las fichas o placas tectónicas. Desafortunados eran los que allí fundaron sus hábitos; no así con los itinerantes viandantes, los transeúntes, siempre en búsqueda de espacios relativamente estables, sobre todo para la procreación de nuevas vidas predestinadas a la individuación de nuevos territorios fértiles y libres de la contaminación radioactiva difundida como en lugares cercanos donde Julián vivía.

Créditos
• Sergio Parilli
  Julián y su cuento
• Egon Schiele
    —  Safe Creative
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