Llovía intensamente y hacía mucho frío. La helada de la mañana calaba los huesos, y el dolor del corazón solo hacía más cruenta esa tortura.
Luego de un fuerte baño caliente, Martín se acercó al espejo y se observó detenidamente. Sus ojos, heredados intensamente verdes y vivaces como los de Antonio, hoy estaban hinchados y pequeños, cansados de derramar lágrimas. Él, la mitad de él, había amanecido de luto.
El sombrero negro

Hacía muchas décadas que no lloraba tanto, o al menos eso recordaba. Había pasado por muchos momentos difíciles, algunos demasiado crueles, en los que ninguno de sus primos pudo hacer nada para ayudarlo. En todas ellos, siempre se sostuvo de su orgullo y se puso de pie para continuar su camino. Ese empuje era propio de él, incluso antes de que “Toño” llegara a conocerlo.

Suspiró y se cacheteo ambas mejillas para despabilar el desasosiego. Fue hacia su closet, tomó el traje fino que Feliciano le había regalado en alguna ocasión, acomodándose la corbata; agarro un poco de gomina, la mezcló con agua y su cabello quedó tirante hacia atrás (la moda de Ludwig estaba buena) excepto su rebelde rulo. Finalmente se afeitó con su entrañable facón que usaba como navaja, se colocó el pañuelo de seda azul en el cuello y el sombrero, acomodándose la copa, la solapa del sacón largo sobre su traje, tomó el paraguas y salió de su habitación, dispuesto a entrar en uno de los coches fúnebres oficiales.

¡Don Martín, disculpe! – un peón que custodiaba la quinta de atrás se acercó presuroso y algo apenado, temiendo el mar humor del muchacho.

Ah… que hacés Juanchi – lo miró con desánimos, intentando ocultar sus ojos.

Disculpe patrón. Don Juan Domingo me lo mandó a llamar. Dice que tiene una llamada de Chile.

¿Y qué quiere ese boludo? – marcó enojado.

El peón tardó en contestar, agarrando más su sombrero, algo tembloroso – Es que… dijo que es para ver como está. Seguramente es por lo de la patrona.

Martín quedó mirándolo un segundo. En los últimos años la relación con su vecino se había acrecentado a un punto tal de llevar adelante sus casas contra un enemigo en común: Alfred. Si bien existían sospechas por parte del jefe de Manuel de que las intenciones de su propio jefe con el acercamiento no eran sino una estrategia de dominación del Cono Sur, al menos sabía que había tenido un mínimo ápice de coherencia al organizar a toda Latinoamérica para contrarrestar el arrasador dominio económico de Estados Unidos que estaba prácticamente sometiendo a todo el planeta.

Las cosas, en pocas palabras, estaban bastante bien entre ellos, más allá de la paranoia del jefe de Manuel. Luego de tanto años de enfrentamiento dominial, bien podía atenderle una llamada, ¿no?.

Martín suspiró palmeando el hombro del muchacho y se dirigió hacia adentro, buscando a su jefe. En el gran despacho presidencial no había nadie más que dos granaderos que custodiaban la entrada. Estaban vestidos de luto también, y sus rostros eran tremendamente tristes, luchando para no perder la postura.

Sin preámbulos ingresó hacia la mesa con el teléfono descolgado. Se sentó y puso el auricular en el oído.

¿Aló? – se escuchó del otro lado.

Hola chabón – le contestó Martín.

Eh… hola – contestó luego de un silencio –No te voy a preguntar como estái’. Quería… errr… darte el pésame, huevón.

Mm… gracias – Martín había querido sonreír y burlarse de ese acento particular, pero no tenía ánimos para eso.

Pues… cuéntame algo, po’, como fue y todo eso.

Martín debía reconocer que el chileno estaba haciendo un esfuerzo gigante por no abrir la boca para insultarlo o gritarle, como estaba más que acostumbrado después de todos esos años. Apreciaba el esfuerzo. Así que él también tomo paciencia para contar nuevamente la historia; habían sido dos días eternos en los que siempre había visto las mismas caras con las mismas preguntas.

Nada del otro mundo. Tenía cáncer. Igualmente ella quería seguir trabajando y trabajando. Le suplicamos de mil maneras que parara un poco. Vinieron médicos de Alemania, de Suiza, de Francia, de Inglaterra. Le mintieron, le dijeron que estaba recuperándose y no hizo más que empeorar las cosas. La pobre sufrió bastante, pero fue valiente hasta el final.

Ya veo. Aquí las cosas están de pura wea, opiniones y sospechas, toda esa mierda. Realmente me confunden.

Comprendo – contestó el argentino. Manuel sintió una aguda punzada en el pecho al sentirlo tan cortante.

… mira rucio, sé que no querí’ habla’ ni na’, pero te haría bien decir lo que sientes – siguió el chileno al escuchar solo el silencio y la respiración del otro lado – Saliste de peores que esta, ¿Cachai?

La quería un montón. Ella y Juan finalmente habían entendido algo de lo que se trata todo esto de estar en el mundo y crecer – balbuceó, luchando porque las lágrimas salieran de sus ojos. Se las secó con la manga; basta de lágrimas – Tenés razón, pero no es fácil.

Se que no, por la chucha, no me tratí’ como si no supiera ese dolor. Precisamente te llamaba porque… porque sabía que ibai’ a necesitar estar con alguien. Las cosas con el Seba no están nada bien ahora, ahora que estái’ declarándole prácticamente la guerra a Alfred; él quería más neutralidad. Y hasta que Daniel, Luciano, Julio, Miguel y los otros washos lleguen hasta allá…

No se puede tener neutralidad cuando ese pelotudo gringo de mierda que se cree amo y señor del continente… y vos lo sabés – algo en la voz del rubio se encendió, olvidando el dolor por un segundo – no hay que parar hasta que entienda que lo que hace es cualquiera.

Manuel sonrió levemente – Por eso, más allá del mal trago, realmente necesito verte – un silencio del otro lado le marcó la sorpresa de esas palabras – … para ya sabí’, ver como hacemos en el próximo intercambio de embajadas y toda esa wea. Hay que saber que decirle al gringo ese.

Martín quedó en su mente con la frase “necesito verte”. Lo demás le pareció inocuo. Inclusive, le iluminó los ojos y sonrió con ganas.

Gracias, Manu… me haría muy bien – se detuvo antes de continuar, pero el chileno mismo le había dicho que se descargara – … verte a los ojos, abrazarte, tocarte. Aunque parezca estúpido, por una vez con sólo estar en la misma habitación me conformo – sonrió con ternura – De hecho, se que lo del yanqui me lo decís para distraerme nomás… así que también te agradezco eso. Creo que no importa la excusa, lo que cuenta es tenerte conmigo.

Esta vez fue el turno de Manuel de sonrojarse, pero sacudió rápidamente su cabeza.

Pues… en un rato ando por allá, po’. Tendremos que soportar las bacantes del luto, pero despué’ podremos estar tranquilos. Seguro vai’ a querer estar para despedir a la Doña Eva

Quiero estar con ella hasta que la lleven al cementerio – se mordió los labios, no pudo controlar el arrebatamiento. Odiaba cuando esas oleadas de tristeza le venían – Ay Manuel… si pudiera explicarte el dolor que siento de todos, creo que la angustia te mataría – se tomo el pecho, se le estaba cerrando de nuevo, se estaba quedando sin aire – Tengo… tengo que irme, o voy a llegar tarde.

¿Querí’ que…?

No. Prefiero pasar ese momento solo y rápido. Igual vení lo más pronto que puedas, ya sabés donde voy a estar.

Si. No te preocupí’ por eso, huevón – Manuel cerró los ojos, no le salía ni una maldita palabra de consuelo – Vete ya…

Gracias…

El rubio bajó la mano lentamente y cortó el teléfono. Quedó sosteniéndolo, mirándolo fijamente, perdido sus ojos en la nada. El apabullamiento de miles de corazones resonaba en su cabeza, gritando de dolor y desesperanza.

Se tomó la cabeza. Fuera lo que habían dicho de ella, Evita había sido una líder para su pueblo… y lo menos que podía hacer era despedirla.

Se colocó el sombrero negro, tomó el paraguas y salió por la puerta trasera, con la mirada y la cabeza baja, en busca del coche en el que estaba su jefe, para ir a su lado y pensar que sería de él ahora que habían perdido a Eva Duarte.

Definitivamente nada volvió a ser como antes.


Créditos
    —  Rodolfo Walsh


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