I.- INTRODUCCIÓN: PODER, ESTADO, NACIÓN Y PAÍS

 ⋯ LA TERGIVERSACIÓN DE UN CONCEPTO.
Corre el siglo XXI. El Estado es la forma mundial de organización social. El poder de los gobiernos se ha impuesto en todo el planeta Tierra. Nada parece indicar que pudiera existir vida fuera de esta forma estructural que organiza la vida social, política y económica de los seres humanos. Nuestra calidad de vida es insuperable. Los pueblos “primitivos”, bárbaros e incivilizados que viven sin todos nuestros conocimientos y libertades, nuestro confort y seguridad, son ejemplos pintorescos para visitar durante las vacaciones a algún exótico país del “Tercer Mundo”. No seríamos nada sin poder y Estados que nos hicieran la vida así de fácil y cómoda. Los líderes y reguladores de la sociedad, organizadores omnipresentes e infalibles, son imprescindibles. Ellos hacen posible la continuidad de nuestra forma de vida, de nuestra confortable y feliz existencia en un mundo organizado, encasillado y repartido en países y Estados al margen de los cuales, la existencia sería ardua y sufrida, inimaginable. Pero, ¿alguien se ha parado realmente a plantearse qué es un país? ¿Por qué surgió el poder sin el que estaríamos tan perdidos? ¿Qué causas y circunstancias llevaron al ser humano a crear esta organización? ¿Qué diferencia hay entre una nación, un país, un Estado? ¿Por qué hay voces nacionalistas que claman contra Estados?
Corren días en los que resulta necesario aclarar ciertos aspectos sobre estos conceptos que tanto se manejan, de tan diversa manera y que engloban, dada la tergiversación oficial, varios significados bajo un mismo significante (ninguno de ellos real) y debido a ello, realmente pocos tienen claro. Se usan indiscriminadamente (nación como sinónimo de país, nacionalismo como patriotismo) en un momento, principios del siglo XXI, en el cual parecen resurgir más que nunca los movimientos nacionalistas a lo largo y ancho del planeta (¿o será que se les presta más atención y se hace eco en los medios de información a algo que existe desde hace mucho y siempre estuvo allí?). Chechenos frente a rusos, kurdos cara a cara contra los turcos, palestinos versus israelíes, tamiles contra indios, kashmires enfrentados a hindús y, a veces, a pakistanís, irlandeses plantando cara a ingleses, corsos y bretones al Estado francés, vascos pidiendo autonomía al Estado Español e indígenas de todo el mundo (muchos grupos étnicos como para enumerar aquí) insurrectos frente a Estados diversos forman lo que los media califican de nacionalismos y los gobiernos de todos los países bajo los cuales estos grupos afloran tachan como fanatismos nacionalistas y radicales terroristas (la mayoría de ellos toman la vía militar frente al opresor de su cultura o al que impide el desarrollo independiente de esta) y aplican calificativos peyorativos en busca del rechazo global y la uniformidad de pensamiento. Si escuchamos hablar a un dirigente mexicano de los zapatistas los tildará de violentos, terroristas y radicales, así como un homólogo indio lo haría de los tamiles o kashmires o un español de los vascos o catalanes. El objetivo es común: desacreditar cualquier movimiento nacionalista que pueda desestabilizar el orden establecido. Pero la cuestión aquí a abordar es ¿sabemos de qué hablamos cuando empleamos estos términos, nación, país, y nacionalismo? A juzgar por su empleo en boca de políticos y demagogos televisivos obviamente la respuesta es no.
Aclaremos conceptos. Nada tiene que ver el nacionalismo con el patriotismo como nada tienen en común nación y país. Si se sabe algo de antropología esto resulta claro. Pero si aunamos el desconocimiento general de esta materia entre la población y el emponzoñamiento que los media se empeñan en realizar sistemáticamente del término (no sé si por desconocimiento o intencionadamente al servicio de fines mayores) el desquiciamiento semántico es tal que su significado real se diluye en otros con utilización política y fines destructivos (a veces incluso por parte de los propios líderes nacionalistas que muchas veces tienen intención de crear otro Estado idéntico al que combaten).
El término nación es cultural. Una nación es una población con una cultura común, un idioma común y un sistema de creencias compartido. Y lo que es más importante, un etnónimo otorgado a sí mismos por ellos mismos. Esto es, un nombre genérico para esa población determinado por dicha población. Estos son los criterios que los antropólogos e investigadores de la cultura han manejado durante años para determinar las que son naciones y las que no lo son. El idioma, una lengua común (aymara, quechua, otomí, euskera, quiché, lacandón…) a toda la población, un sistema comunitario y compartido de creencias, y la utilización de un nombre común para ellos mismos y por ellos mismos (euskaldún, inca, yanomamo,…).
Por otro lado nos encontramos el vocablo país, el cual tiene un componente político. Un país es un constructo artificial, nacido más o menos recientemente y que viene a definir un pedazo de tierra que una elite dirigente, que organiza la política y la economía, se adjudica como propio con fines políticos y económicos. Se trazan unas líneas sobre un mapa y se distribuye arbitrariamente entre los interesados. Así ha sido el caso de África y Asia (en época muy reciente) y América quinientos años atrás, pero no debemos olvidar que también así lo fue en Europa bastante antes. De esta manera y en tal reparto de pedazos de mapa, un país puede englobar varias naciones dentro de sí. Luego, se intenta homogenizar lo que queda dentro con una aculturación muy fuerte y recurriendo a la violencia y coacción si esta fuere necesaria. Se superponen términos, se equiparan en los diccionarios, se habla de derechos históricos… En fin, mecanismos que conocemos muy bien y que llevan a la asimilación de conceptos corruptos que perpetúan lo establecido.
Como ejemplo para los incrédulos y escépticos que se echen manos a la cabeza al leer esto se pueden citar miles. Estados Unidos es un país pero los apaches son una nación dentro de ese país, así como los cheyenes, los hawaianos y un largo etcétera. México como país engloba muchas naciones (mayas, mixtecos, zapotecos,…) así como todos los países de América Latina, construidos artificialmente sobre una realidad heterogénea. Los uros son peruanos por obligación ya que cayeron dentro del reparto que los catellanos realizaron de América en virreinatos. Pero la similitud entre un uro y un limeño es nula. Y qué decir de África: un “bosquimano” no es un sudafricano aunque su territorio esté contenido dentro de ese país. Un fur no es un sudanés ni un pigmeo es un congoleño. Y en cambio el Congo existe como país. Y en Europa tenemos casos similares: ¿qué tiene que ver un astur de una aldea perdida que habla bable con un saleroso y fiestero gaditano? Y ambos, irónicamente, son españoles. O un euskaldun, ¿en qué se asemeja a un extremeño?. El parecido cultural entre un corso y un parisino es nulo así como es inexistente entre un musulmán de Kashmir, un budista de Leh y un hindú de Vanarasi. Pero los países para sobrevivir han de crear una ficción de unidad. Si cada nación bajo un Estado reclamara sus derechos a la independencia cultural el chollo se acabaría para muchos al desintegrarse la falacia de la “unidad nacional” a la que la inexistente boca bajo el bigote de Aznar no hace más que aludir. Pero, ¿cómo se llega a la aparición de estas entidades que absorben naciones y crean países e imperios sobre ellas?. ¿Cuáles son las causas que llevan a la formación de los Estados que anularán las diferentes culturas que éstos engloban?.

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